Y al séptimo día Dios descansó…
A veces los domingos entrando la tarde, suelo sentirme irremediablemente como Bridget Jones “totalmente solterona y lunática”.Me pongo un tanto ansiosa, a veces hasta con una leve taquicardia y creo que en parte se debe a una conducta aprendida como perro de Pavlov, incrustada en mi chip desde la infancia, ese sabor de nostalgia que me dejaba el saber, que el día siguiente sería otro lleno de actividades escolares, cotidianas y aburridas y era por fuerza, tiempo de decir adiós a mis compañeros de juego para comenzar con los preparativos del colegio y alguna que otra tarea olvidada de última hora, merendar entre aromas de chocolate calientito y cabello recién lavado. Además de ver la cortinilla final de “el mágico mundo de colores de Disney…” esa musiquita que me provoca suspirar hasta hoy y una sensación particular en el corazón.
Desde hace varios años cambié esas aventuras infantiles por otras ocupaciones, a pesar de que disfruto de una especie de vacaciones semi-permanentes y todos los días en el calendario resultan casi indiferentes, existen ciertos momentos que también van marcando mi estado de ánimo los domingos; regresar del estadio de C.U. me deja una sensación similar de melancolía, sobre todo cuando las cosas en la cancha no salen del todo bien… La patinada, aunque no tan frecuente, también ha logrado captar parte de mi tiempo de fin de semana, sentir el viento en la cara a toda velocidad, ha evitado en varias ocasiones que lagrimitas (tontas) escapen a chorros sin cesar, al igual que salir a ladrar por ahí con la trayectoria casi siempre determinada y música de fondo, terminando con un helado de pay de limón, sentada en la misma banca que usaba desde que era mas joven para dibujar, viendo como se va ocultando el sol, anunciando así el retorno a casa y aunque así no lo desees, el inaplazable paso del tiempo…